Rasgos fundamentales de la EBC (5): Cooperar en lugar de competir

cooperar

En nuestras relaciones diarias o de amistad nos va bien cuando ponemos en práctica valores tales como la confianza, la sinceridad, el aprecio, el respeto, escuchar a los demás, la empatía, la cooperación, la ayuda mutua y la voluntad de compartir.

¿Debemos ser solidarios y cooperativos, ayudar a los demás y estar constantemente pendientes del bien de todos? ¿O debemos tener siempre en cuenta primero nuestro propio beneficio y al resto, como competidores, atarles en corto?

Referente a la pregunta concreta de si la competencia motiva más que el resto de los métodos, encontramos gran cantidad de estudios de numerosas disciplinas como la psicología social, la teoría de juegos o la neurobiología. Esos estudios llegan a una sorprendente conclusión: la competencia motiva, pero no es el método más eficaz: es mucho más eficiente la cooperación. 

La cooperación motiva sobre las relaciones satisfactorias, el reconocimiento, la valoración y la fijación y consecución de objetivos comunes. La competencia motiva en primer lugar sobre la base del miedo. Por este motivo, el miedo es un fenómeno muy extendido en las economías capitalistas de mercado: se teme perder el trabajo, los ingresos, el estatus, el reconocimiento social y la pertenencia. En la competición por escasos bienes hay en general muchos perdedores, y la mayoría tienen miedo de resultar afectados.

La motivación es mayor cuando es interna (motivación intrínseca) que cuando proviene de fuera (motivación extrínseca), como por ejemplo en la competencia. Los mejores rendimientos no se llevan a cabo por la existencia de un competidor, sino porque la gente se fascina por algo concreto, se llena de energía, colma sus esperanzas en realizarlo y se entrega por la causa. No necesita competencia.

Si los economistas honrados realmente quisieran construir la economía de mercado con el método más eficaz que conocemos, deberían hacerlo sobre la cooperación estructural y la motivación intrínseca, al menos si tuvieran en cuenta los resultados actuales de las investigaciones científicas interdisciplinarias. El hecho de que no lo hagan es muestra de que no se trata ni de ciencia ni de conocimientos, sino de la protección ideológica de estructuras de poder.

La persecución del «interés propio» (Smith) como fin supremo en competencia recíproca conduce, en contra de todo pronóstico y promesas de la teoría de la economía de mercado, hacia:

  1. Concentración y abuso de poder. A causa de la obligación de crecimiento inmanente al sistema (la meta es ser más grande, más poderoso, en definitiva, un global player) se han creado corporaciones gigantescas que abusan del poder del mercado, cierran mercados, bloquean la innovación y devoran o expulsan del mercado a sus competidores.

  2. Interrupción de la competencia y formación de cárteles.Si el poder permite crear cárteles y oligopolios, entonces el camino ya está perfilado en tanto que es más efectivo que la competencia. En un ámbito de competencia hay perdedores, con la cooperación ganan todos. Por este motivo cooperan asociaciones de empresas en la medida de lo posible.
  3. Localización de la competencia. Los países intentan atraer a las empresas y mejorar sistemáticamente las condiciones para obtener beneficios: dumping salarial, social, en materia de impuestos y de medio ambiente, que favorecen a los grupos internacionales en detrimento de las pymes locales y a favor de atractivas ofertas especiales tales como la confidencialidad bancaria o la renuncia a supervisar y regular la banca, porque esto se contempla como «ventajas locales».

  4. Política de precios ineficaz. Los precios a menudo no son el resultado racional de los que participan en los mercados, sino que expresan las relaciones de poder. El poder de oferta y el de demanda están repartidos de manera desigual. Por eso, los precios reflejan los intereses de los poderosos y no los costes o necesidades reales.

  5. Polarización y miedo sociales. La economía de mercado es una economía de poder. Cuanto más grande —global— es la «libre competencia», más grandes son los desniveles de poder entre los participantes y con ello las desigualdades y la brecha entre ricos y pobres.

  6. No satisfacción de necesidades básicas y hambruna. La explosión de las cifras de hambruna muestra la poca disposición de la globalización capitalista de la economía de mercado para satisfacer las necesidades básicas y con ello proteger los derechos de los seres humanos. La satisfacción de las necesidades básicas no es la meta del capitalismo, sí lo es aumentar el capital. En muchos casos esto conduce a que las necesidades básicas que no están relacionadas con ningún poder adquisitivo simplemente no se atiendan (alimentación, suministro de medicinas, vivienda o educación).

  7. Destrucción ecológica. Como el capitalismo tiene como meta suprema la ampliación de capital financiero (y no el bien común), el resto de los objetivos, como el medio ambiente, bajan de posición en su lista de prioridades.

  8. Pérdida de sentido. Cada vez más personas son incapaces de encontrar sentido a otra cosa que no sea ganar dinero y consumir porque cada vez son más ajenas a sus deseos reales, a sus ideales.

  9. Deterioro de los valores. Hoy en día en economía ascienden especialmente las personas antisociales. Si en la economía se recompensa sistemáticamente el egoísmo y las actitudes competitivas, si se tiene por personas exitosas a aquellas que progresan a base de emplear esta dinámica de incentivos, entonces se deterioran los valores en todos los ámbitos sociales. Empezando por la política y los medios, y terminando por las relaciones entre las personas.

  10. Supresión de la democracia. Si la obsesión por el beneficio y la persecución del beneficio en interés propio es el objetivo principal, entonces, los implicados activamente en la economía de manera consecuente ponen en marcha toda la maquinaría posible para alcanzar esa meta. Multinacionales, bancos y fondos de inversión se han hecho tremendamente poderosos a través de grupos de presión, la posesión de grupos mediáticos, la financiación de partidos políticos, o influencia en parlamentos y gobiernos, para lograr tener éxito en realizar sus propios intereses y no el bien común. La democracia se convierte así en la última y más prominente víctima del «mercado libre».

El marco de incentivos para los individuos activos en la economía tiene que cambiar radicalmente de la búsqueda de beneficios y la competencia a la búsqueda del bien común y la cooperación.

Tal vez el ejercicio de reflexión más difícil de la economía del bien común es la visualización de que las empresas no deben actuar unas contra otras, sino unas con otras, y, al hacerlo, serán recompensadas por ello.

Esta reflexión va a costar esfuerzo a algunos lectores, porque hoy en día es «normal» que los competidores se afanen en dañarse e incluso eliminarse unos a otros.

En la economía del bien común no se elimina la competencia. La economía del bien 

común no deja de ser una economía de mercado, y como tal, se fundamenta en algunos de sus pilares: empresa privada (mercado) y dinero. En tanto que existan el derecho de fundar libremente empresas y la posibilidad de que quiebren, inevitablemente coexistirá la opción de competencia.

En la economía del bien común es por tanto posible la competencia. Sin embargo, cuanto más se abran paso las empresas a codazos, cuanto más agresivas se comporten frente a las demás, más empeorarán sus balances del bien común y se incrementará el riesgo de que quiebren. Por el contrario, cuanto más cooperen y se ayuden unas a otras, mejores serán sus resultados en el balance del bien común y más real será la posibilidad de que sobrevivan.

¿Cómo pueden las empresas ayudarse unas a otras? Como los vecinos o amigos, de maneras muy diversas. Como, por ejemplo: compartiendo conocimientos; traspasando pedidos;cediendo mano de obra; ofreciendo préstamos sin intereses o procurándose mutuamente compensaciones de liquidez. También evitando comportamientos agresivos como, por ejemplo: estableciendo un sistema de información de sus productos igualitarios en vez de emplear publicidad masiva; evitando el dumping en los precios para conquistar y acaparar mercado; no apropiándose de patentes sólo para bloquearlas; no absorbiéndose unas a otras.
Si las empresas son recompensadas por ayudarse unas a otras, entonces, el enfrentamiento estructural y la actual competencia por eliminarse o adquirirse mutuamente se tornarán en coexistencia amistosa en el peor de los casos y, en el mejor (debido a las ventajas legales), en cooperación activa.
Fuente: Christian Felber: “La Economía del Bien Común”. 2012

RASGOS FUNDAMENTALES DE LA ECONOMÍA DEL BIEN COMÚN 1: Valores

RASGOS FUNDAMENTALES DE LA ECONOMÍA DEL BIEN COMÚN 2: Giro radical del marco legal económico

RASGOS FUNDAMENTALES DE LA ECONOMÍA DEL BIEN COMÚN 3: El balance del bien común es el prioritario

RASGOS FUNDAMENTALES DE LA ECONOMÍA DEL BIEN COMÚN 4: El crecimiento económico deja de ser un fin

RASGOS FUNDAMENTALES DE LA ECONOMÍA DEL BIEN COMÚN 6: Democratización de la empresa

RASGOS FUNDAMENTALES DE LA ECONOMÍA DEL BIEN COMÚN 7: los bienes democráticos

RASGOS FUNDAMENTALES DE LA ECONOMÍA DEL BIEN COMÚN 8.1: Un sistema financiero diferente. Unión Monetaria global y moneda local

RASGOS FUNDAMENTALES DE LA ECONOMÍA DEL BIEN COMÚN 8.2: Un sistema financiero diferente. Una banca democrática

RASGOS FUNDAMENTALES DE LA ECONOMÍA DEL BIEN COMÚN 9: Cuidado del medio ambiente

RASGOS FUNDAMENTALES DE LA ECONOMÍA DEL BIEN COMÚN 10: Trabajar menos para que trabajen todos (y vivan mejor)

RASGOS FUNDAMENTALES DE LA ECONOMÍA DEL BIEN COMÚN 11: La educación como motor del cambio

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